sábado, 30 de julio de 2011

Vaquero, un viajero inglés conociendo Jilotepec en 1906

Como se señaló antes, esta entrada dará unas impresiones personales, así como unas notables citas, sobre el relato que realizó un viajero inglés, quién nunca sabremos su nombre, en 1906. Este personaje hizo un reconocimiento del territorio nacional buscando las características de la vida indígena. Bajo aquella premisa estuvo, con cámara en mano, recorriendo varios puntos del centro y sureste de México. Tomó fotografías de las cosas que más llamaron su atención, escribió diversas notas sobre cada lugar y al mismo tiempo curaba a enfermos, pues su oficio original era médico, actividad que le permitió solventar sus gastos en su travesía por tierras mexicanas.
En la colección "Cien Viajeros en Veracruz: crónicas y relatos" se rescata el pasaje que tuvo este personaje en el pueblito de Jilotepec. El relato comienza con la llegada al pueblo, desde la antigua estación de trenes de Banderilla, hasta bajar las pendientes "llenas de rocas y resbaladizas" para llegar a su destino. El autor comenta los arreglos que hizo para hospedarse en el pueblo, para su alimentación y para la instalación de su estudio fotográfico. Asimismo relata que la gente del lugar era muy amable con él, desde el dueño de la tienda hasta el de la fonda local. Pero sobre todo pone especial énfasis en relatar un suceso difícil con un habitante del pueblo que lo agredió al tomar una fotografía de su casa, evento que lo llevó a Xalapa a buscar a las autoridades por "justicia".
A continuación pondré unas cuantas citas del relato. Les recuerdo que el ejemplar lo pueden leer completito en la Biblioteca Luis Chávez Orozco del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana.
 
"Vaquero. Aventuras en busca de una forma de vida en Hispanoamérica, 1906. Por razones no sólo desconocidas, sino incomprensibles también, el autor de este texto ocultó su nombre con el seudónimo de Vaquero. Su profesión y sus aficiones nada tenían que ver con el sobrenombre que eligió, porque él era médico y la fotografía parecer haber sido su pasión."
 
[…] Al bajar del tren de Banderilla dejé casi todas mis pertenencias en la estación, e informándome acerca del camino a Jilotepec, partí a pie hacia el lugar.= Después de dejar la estación de trenes, el camino inicia un terrible descenso. Antes de llegar a Jilotepec, los arbustos de café y los árboles de fruta tropical anuncian la entrada a las regiones calientes.= El paisaje de la montaña circundante es intensamente salvaje y las rocas y piedras abundan por todas partes.= Sólo hay una calle que merece ese nombre. En la parte central se encuentran las oficinas del gobierno, la escuela, las tiendas principales y las casas de la poca gente blanca que habita ahí.= Fuera de la calle principal hay veredas con piedras apiladas a ambos lados formando muros, y detrás de estos muros, rodeadas de arbustos de café y de otra vegetación, se encuentran las chozas de los indios que aquí generalmente está hechas de madera con techos de teja.= No perdí tiempo en mostrar mi carta de presentación a D. José María Guevara, quien me recibió muy amablemente, y me ofreció un cuarto en su casa. […]
 
[…] La principal objeción de mi nuevo alojamiento era la rudeza de los niños del pueblo, especialmente los que parecían ser de ascendencia blanca. Esto niños, con un doble objetivo de curiosidad –La llegada de un extranjero y un fotógrafo– se reunían en la puerta de mi cuarto. Si la puerta estaba abierta, se quedaban mirando; si estaba cerrada, el cuarto permanecía a oscuras, lo que no es deseable todo el tiempo, aun para un fotógrafo, y la falta de aire del lugar sin ventilación empeoraba con la muchedumbre que permanecía afuera.[…]
 
[…] Poco tiempo después de mi llegada, D. José y su familia me pidieron hacer un retrato de sus tres hijas vestidas con el traje que habían utilizado en el desfile del día de la Independencia.= D. José también me pidió que fotografiara al único indios hombre que nunca hacía uso de los pantalones. Se decía que tenía más de noventa años de edad. Algunos años antes había siete u ocho de estos hombres sin pantalones, y estaban ansiosos de tener un retrato del último sobreviviente.= Este viejo hombre me habló en un buen español, y pareció estar bastante fuerte; pero tuvimos que buscar un día agradable para retratarlo, con el fin de que no fuera a pescar un resfrío. […]
 
[…] Un día caminaba con mi cámara en las afueras de la población, buscando nuevos escenarios, cuando me encontré en una de las ya mencionadas veredas, que tienen paredes compuestas de piedras sueltas apiladas a cada lado. En este punto había un lugar apropiado para una buena fotografía. No parecería necesario que el fotógrafo pidiera permiso para tomar una vista cuando se encuentra en la vía pública pero, conociendo las peculiares ideas de algunos indios sobre este tema, pensé que sería más seguro hablar con los habitantes de la choza. La única persona adulta en casa era una mujer, a la que le pregunté si habría alguna objeción.= Me respondió que no me daría permiso de entrar, ya que el dueño no se encontraba pero que podía tomar la vista, con la casa en ella, desde la vereda.= Esto era lo único que requería e inmediatamente empecé a apuntar la cámara en esa dirección.
 
[…] Mientras me encontraba con la cabeza bajo el paño para enfocar, escuche el ruido de unos pasos que se acercaban pero no les presté atención, ya que aquí nadie me había amenazado o molestado.= Algunos segundos después me tomaron por la espalda y me agarraron los brazos, la fuerza del apretón y una sensación dolorosa en la cara me hizo consciente de que la intención era mala, di un violento tirón y descubrí que dos hombres me estaban atacando. Lancé un golpe hacia uno de ellos, pero estaba en tal desventaja que logró retirarse a tiempo, y mi puño pasó a varias pulgadas de su cara algo sorprendida.= Después de seguirlo durante algunas yardas, repentinamente recordé que el otro hombre estaba detrás de mi y que tendría una cantidad ilimitada de piedras de las apiladas sobre la pared.= Así que la prudencia me hizo desistir, ya que parecía que no había la intención de hacerme más daño. La discusión degeneró en un violento lenguaje de ambos lados, y varias personas del pueblo se acercaron.= Estos dos hombres, padre e hijo, eran los habitantes de la choza en cuestión, que, regresando a casa en ese momento, habían tomado ventaja de mi distracción para expresa su desagrado tomándome por detrás y clavando en mi cara una hierba puntiaguda, algo así como una aguja.= Amenacé al mayor de estos dos brutos con llevarle mi queja al alcalde, a lo que me respondió que no le asustaba en lo más mínimo. Y habló con razón, ya que cuando esa tarde nos confrontamos con el funcionario, habiendo mi atacante sido encerrado en el intermedio, el magistrado se dirigió al hombre mayor en un tono de reproche de la siguiente manera: "Pero, D. Juanito (el sufijo de cariño haría el equivalente a 'mi querido D. Juan') él le pidió permiso para fotografiar la casa y se le otorgó". "D. Juanito", sin embargo, dijo que no le importaba quién había dado el permiso, y que él estaba decidido a que su casa no fuera fotografiada. […]

Interesante relato, aquí les dejo el link (gracias a openlibrary.org) el libro en línea de este viajero. Para que vean las fotos (p. 134 en adelante) que del antiguo Jilotepec tomó este "vaquero". Una de esas fotografías la incluí en la vieja entrada dedicada a ese hermoso pueblo cercano a Xalapa.

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